¿Quién soy yo?
Es la pregunta que me hago con frecuencia cuando me encuentro ante niños o adultos que presentan conductas -a mi modo de ver- inadecuadas.
Seguro alguna vez te pasó.
Amigos de tus hijos que vienen a jugar a tu casa y desordenan sin motivo.
➡ O destruyen un juguete con maldad.
➡ O tiran la comida por los aires.
➡ O se exponen a riesgos innecesarios cruzando la calle sin darte la mano, saltando en el auto mientras tú manejás o sacando la cabeza a través de la ventanilla.
A veces puede tratarse de comportamientos aparentemente más triviales.
Como hablar mal de otro niño, hacer trampa en un juego, o no compartir la merienda.
Y entonces me pregunto: ¿Quién soy yo para educarlos si no son mis hijos?
¿Debería intentar corregirlos, explicarles, rezongarlos? 🤔
¿O simplemente rezar para que el tiempo pase lo más pronto posible y entregarlos a sus padres envueltos con un moño 🎀 apenas los vengan a buscar?
Interrogantes similares burbujean en mi cerebro cuando me encuentro ante adultos que te ofrecen promocionar un producto o servicio que no es éticamente adecuado (como vender cigarrillos)
➡ O que se “cuelan” en la fila del supermercado.
➡ O te cuentan qué hacen mal su trabajo porque están enojados con sus jefes.
¿Quién soy yo para dar clases de moralidad?
¿Quién soy yo para enseñarles a vivir su vida?
¿Quién soy yo para tener la certeza de que mi postura es la correcta?
No es fácil encontrar respuestas.
Pero por otro lado, respecto a algunos temas, no existe la opcionalidad.
Algo está bien o está mal.
Y cada situación que se nos presenta en la vida es una oportunidad para crecer como personas y para inspirar o influir positivamente en los demás.
Por eso ahora en vez de encontrar respuestas decidí cambiar la pregunta.
En lugar de ¿Quién soy yo?,
¿Qué puedo hacer yo?



